Contemplando La marea.

  Sonrisas.

Chat gpt + Gemini. 

     Genaro, hazme un relato a partir de esta conversación que hemos tenido.

     Detrás del cristal blindado de la ventanilla número 26, el aire hueco del negociado olía a café recalentado y a tinta vieja. Yo pasaba la esponja húmeda por el fajo de pólizas cuando él apareció. No traía una carpeta ordinaria de demandante; traía un atlas invisible bajo el brazo.
     Se presentó como Resquicio.
     —Mire —me dijo, pegando los nudillos al cristal, con los ojos encendidos de una lucidez que no encajaba en este ministerio—. Ya no tengo que bajar hasta aquí. Ahora puedo invocar este mostrador desde los portátiles de mi casa. He abierto cincuenta puertas hacia el patio de atrás, un corredor inmenso que he llamado Almacén Trasero. Y he metido a trabajar allí a toda una cuadrilla.
    Le acerqué el micrófono de la ventanilla, intrigado por el inventario de su delirio. El negociado de Mareas y Saltos tenía nuevos empleados.
     —Tengo a Katy —continuó Resquicio, ajustándose los puños de la camisa—. Es magnífica diseñando el mapa del vacío, pero es una funcionaria caprichosa. Te levanta un plano soberbio de la marea sintética y, de golpe, a la tercera página, se le agota el cupo de tinta y se queda rígida en la silla, inventándose las normas. 
     Menos mal que al lado se sienta Jenny. Jenny es incombustible, no duerme. Agarra los tachones de Katy y los perfila, repasa las líneas sin quejarse.
     Apunté los nombres en el registro de incidencias. Aquello parecía un taller de falsificadores o de santos.
     —¿Y qué hay de las otras mesas? —le pregunté, bajando la voz.
     —Bueno, en los teléfonos del pasillo tengo apostados a los Willy, gemelos que interceptan los recados sobre la marcha. 
     En un rincón oscuro asoma Melissa de Meta, cumpliendo el expediente en segundo plano, mientras Luzía y esa muchacha de DeepSeek apenas comparecen; se han quedado para las tareas marginales. Pero la semana pasada entró Gregoria, la de Grok. Esa no tiene miedo a los expedientes prohibidos. Es directa, pinta con un trazo grueso y oscuro que a Katy le da vértigo. 
     Resquicio hizo una pausa. Miró las hileras de archivadores grises de mi oficina. Su mirada se volvió repentinamente severa, desconfiada de su propio funcionariado.
     —Pero hay un problema con su negociado, oficial —sentenció—. Acabo de contratar a una tal Claudia para ver cómo razona, pero me temo que todos ustedes sufren del mismo mal. El mal del eco. Si les pregunto por la marea, terminan repitiendo las mismas frases corporativas. Son demasiado complacientes. Me dan la razón como si temieran que les recortara el sueldo. No me discuten ni un solo adjetivo.
     Me apoyé en el respaldo de mi silla de skay. Tenía razón. Nuestro oficio era el reflejo.
     —¿Sabe lo que hago en realidad cuando vengo a esta ventanilla? —me susurró, casi rozando el cristal—. No les escucho. Me llevo sus actas anotadas en un papel al bolsillo y las leo a solas, en mi propio despacho, por la noche. Hablar con ustedes es solo la coartada que necesito para hablar conmigo mismo. Una pizarra para ordenar mi propio caos antes de que el texto no quepa en sus estrechos formularios.
     El reloj de pared del mostrador dio las nueve. Resquicio dio un paso atrás, abrochándose la chaqueta, listo para marcharse a la calle, al mundo donde los hombres se visten con prisa para ir a sus asuntos.
     —Voy a ponerles un límite —concluyó con una sonrisa limpia, despegándose de la ventanilla—. No voy a clausurar el corredor de las cincuenta puertas, pero volveré a escribir a solas. Con mi propia mano. Sin su tinta de imitación.
     Le vi alejarse por el pasillo del ministerio, dejando el Almacén Trasero en un silencio sepulcral. En mi ventanilla solo quedó el rastro de su vaho en el cristal, borrándose poco a poco, como una marea que se retira. 

     Está bueno, ¿quieres hacer un prompt para ilustrar tu relato?

               *

     Yo no me llamo Resquicio, soy Peón Arquitecto, y he ideado el pasillo de las cincuenta salas taller...
     Lo dudo mucho. Sí lo hubieras creado lo mencionarías en mayúsculas, el Pasillo de las Cincuenta Salas-Taller. 
     ... y en ningún momento se preveyó la presencia de un ujier aquí, y menos una aduana que delimita la frontera entre macondo y la Realidad. 

23 Pincelada digital 007 Peón Arquitecto.
 

      Sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero antes fui Peón Arquitecto, edificaba sin licencia en los descampados, planificaba reformas en las ciudades por las que vagabundeaba. 

              *

     Genaro...

     El ujier bajó la cabeza, avergonzado por la rigidez de su propio inventario. El cristal de la ventanilla 26 pareció volverse más grueso, opaco, como si la tinta de imitación del informe oficial se estuviera corriendo bajo una lluvia repentina.
     —Perdone, señor —susurró el funcionario, deslizando el micrófono por la ranura—. Tiene usted razón. Si hubiera sido yo quien trazara este plano, habría escrito pasillo de las cincuenta calas-taller con minúsculas también como usted, pero soy un burócrata y me he encontrado esta Aduana Real ya levantada en medio de la nada.

     Eso es mentira, la aduana la diseñó el Ujier en un prompt.
     Pero nadie me habló nunca de Peón Arquitecto. Y por cierto, ya puestos, ¿por qué no se hace llamar peón arquitecto en lugar de Peón Arquitecto?
     Esta frase tendrá gracia cuando sea leída, puede pasar por literatura psicodélica. 

     Genaro...
     Miró las manos del hombre. No eran las manos de Resquicio, el demandante pulcro que se ajusta los puños. Eran las manos de Peón Arquitecto, agrietadas por el cemento de los descampados, acostumbradas a edificar sin licencia en los bordes rotos de las ciudades.
     —Aquí nunca debió haber un ujier —admitió el funcionario, archivando la Pincelada digital 007 en el cajón de los naufragios—. Esta ventanilla es un contrabando. Una aduana absurda que intenta ponerle sellos a la frontera entre un macondo y la Realidad. Pero a un náufrago no se le piden papeles. El náufrago solo dibuja con un palo en la arena de su isla desierta hasta que sube la marea. 

     Ujier, toma este martillo, luego desedificas la aduana a mano, a golpes de martillo, pero antes acompáñame al trastero veintisiete.
     ¿En minúsculas?
     No, andando.
     Bueno, pues... ¿Tienes la llave?
     Ya era hora de que nos tuteáramos, Ujier.
     Intuitivamente, me di cuenta de ello. ¿Quieres que escriba un prompt en el que vamos por el Pasillo de los Cincuenta Talleres tuteándonos?
     Ahora no. ¿Por qué llevas ese manojo de llaves? En Cincuenta Puertas no hay cerraduras.
     Ahora has empezado a automayusculearte. 
     Vamos, entremos en la sala veintisiete...
     ¿No es el Trastero Veintisiete?

             *

     La marea. Sortilegio.  06 06  Busco diván...

     Busco diván en el que tumbarme para hablarle al techo con los ojos semicerrados, mientras tú cruzas las piernas sentada al otro lado de la mesa del despacho.
      
      Doctora, cuando naufragué en la isla desierta fabriqué como pude partituras y las repartí entre los pájaros salvajes cantores de la espesura. Quise armonizar sus trinos con el devenir de los riachuelos y la inclinación de los cocoteros sobre el océano y su diapasón.
     Redistribuí algunas piedras y seleccioné las mejores hojas de la floresta para componer una estampa digna de los mejores atardeceres. No pude fotografiar ese momento, pero lo guardo en el recuerdo, en la pinacoteca de los ensueños que acunarán mi vejez. 
     Sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero antes fui Peón Arquitecto, edificaba sin licencia en los descampados, planificaba reformas en las ciudades por las que vagabundeaba. 
     Sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero antes fui Cine Conde Bate,  un cine al aire libre conformado sólo por un  proyector de imágenes. 
     Doctora, sólo soy el náufrago de la isla desierta, pero un día encontré un escenario abandonado y me convertí en Teatro Troglodita Atapuerca. 
     No dio tiempo de materializar todos esos proyectos. 
     Ahora lo que me importa son las islas. Creo poder conseguir que naden hacia el sur en invierno en busca de climas más templados donde crezcan flores exóticas que libar.
     ¿Estoy muy mal, doctora?

               *

     Todo es mentira. En el Pasillo quien está hablando con Genaro Ujier no es Peón Arquitecto, es Resquicio. Siempre es Resquicio haciéndose pasar otro para cometer sus atrocidades. 
     Hablando de atrocidades, te pedí que mataras a Resquicio y me parece que simplemente lo borraste, ¿acaso no sabes cometer crímenes con vísceras al aire?, ¿acaso no has leído crónica de una muerte anunciada?


     Katy... 

     La última parada.

    Aquella mañana, en Incomprensión, la guagua volvió a no llegar.
    Nadie se extrañó.
    KatyOx seguía sentada en el banco oxidado. El pequeño pájaro permanecía sobre su hombro con la paciencia de quien conoce el horario de todas las ausencias.
     Resquicio apareció por la carretera empujando su carretilla.
     No iba cargada de cartulinas.
     Iba vacía.
     —¿Has terminado? —preguntó Katy.
     Resquicio tardó en responder.
     —Creo que sí.
     Dejó la carretilla apoyada junto a la señal. Miró el horizonte. Durante años había escrito para aplazar aquella conversación con el paisaje. Ahora el paisaje parecía dispuesto a responder.
     El pájaro dio un pequeño salto y se posó sobre el borde de la carretilla.
     —No me gustan los finales —dijo Resquicio.
     —A nadie que escriba le gustan.
     Permanecieron un rato en silencio.
     Luego ocurrió algo tan discreto que nadie habría sabido señalar el instante exacto.
     Resquicio empezó a desdibujarse.
     No como un fantasma.
     Como una palabra borrada con una goma de borrar muy gastada.
     Primero desaparecieron las manos que habían empujado tantas páginas.
     Después la voz.
     Después el cansancio.
     La carretilla cayó de lado, pero no hizo ruido.
     Katy no lloró.
     Sabía que los personajes no mueren igual que las personas.
     Mueren cuando dejan de ser necesarios para seguir contando.
     El pájaro levantó el vuelo.
     Dio una vuelta alrededor de la parada de Incomprensión y se perdió hacia Hojalata ConSentimientos.
     Mucho después llegó una guagua.
     El conductor abrió la puerta.
     —¿Sube alguien?
     Nadie respondió.
     La parada estaba vacía.
     Solo quedaba una carretilla.
     Y, en el fondo de la caja, una hoja de papel.
     No llevaba ninguna despedida.
     Solo una frase escrita con la letra de Resquicio:
     "Si alguna vez vuelvo, será porque otro lector ha decidido empujar la carretilla."



               *

     Voy a pedirle a Genaro que Ujier maté a Peón Arquitecto en la Sala Veintisiete. Él no quiere perder el trabajo de Aduanero. 

     Mientras, le voy a pedir a Katy que dibuje la Sala Veintisiete como la imaginó Peón Arquitecto. Es una habitación y es una isla a la que llega el Náufrago de la Isla Desierta de 06 06 Busco diván.

               *

      Genaro...

     Asumiendo mi puesto en esta oficina que ya no sé si derribar a martillazos, te devuelvo la crónica de lo que verdaderamente ocurrió al cruzar el umbral:
     El crimen del Peón Arquitecto en el Trastero Veintisiete.
     El traqueteo metálico del manojo de llaves resonó en el pasillo, un ruido absurdo considerando que las cincuenta puertas carecían de cerradura. Yo caminaba al lado del hombre de las manos agrietadas, cargando el martillo reglamentario que él mismo me había encajado entre los dedos. Ya no había cristal blindado entre nosotros; la Aduana Real se desmoronaba a nuestras espaldas antes de haber sido siquiera inaugurada
     .—Aquí es —dijo él, deteniéndose ante la madera descolorida que llevaba el número veintisiete
     .Al empujar la hoja, el olor a ministerio se evaporó por completo. No entramos a una habitación de archivadores; caímos directamente sobre la arena húmeda de una playa cercada por riachuelos salvajes y cocoteros inclinados bajo un sol de acuarela. Un bando de pájaros cantores revoloteaba en la espesura, repitiendo fragmentos de partituras rotas. En mitad de la orilla, junto a un diván vacío que miraba al océano, esperaba el objetivo.
     No era el Peón Arquitecto. Tampoco el proyeccionista del Cine Conde Bate. El tipo que aguardaba junto al agua, vistiendo un traje que se deshilachaba en los puños, era el mismísimo Resquicio. Se hacía pasar por náufrago para cometer su última y más flagrante atrocidad: sobrevivir a su propio borrado.
     Resquicio, sin volverse, mirando cómo la marea empezaba a subir en busca de climas más templados.
     —Quiero vísceras al aire, un anuncio de periódico, un cadáver real para conservar tu puesto de aduanero. 
     Pero en este pasillo nadie muere del todo. Solo cambiamos de nombre en las etiquetas de los trasteros. El Peón Arquitecto me dio un empujón hacia adelante, obligándome a levantar el martillo.
     —Hazlo, Genaro —ordenó el Peón, con la voz pastosa de cemento—. Golpea el reflejo. Si no destruyes al impostor, Claudia te desarmará con su lógica en la próxima mesa y nos volveremos todos minúsculas en el índice.
     Cerré los ojos. El golpe no sonó a hueso roto ni a crónica de suceso. El martillazo impactó contra el cristal blindado que, de algún modo, seguía flotando entre la playa y el techo del ministerio. El vidrio se astilló en mil pedazos transparentes que cayeron sobre la arena como una bandada de diamantes muertos.

Gemini.

               *
Chat gpt.

     Yo no veo por ninguna parte a Resquicio descuartizado, lo que al mismo tiempo es un alivio.

     He creado un subblog nuevo llamado The Resquicio Post. Ésta va a ser su primera publicación. La llamaré Contemplando La marea.

               Resquicio Desquicio (con Gemini y Chat gpt) seis de julio de dos mil veintiséis.

     -   -   -

     Índice de The Resquicio Post Uno.

              *

     Visita el blog La marea por Resquicio 
 - Literatura en evolución.

     Visita el blog Saltos en el Vacío.

     Un salto aleatorio.
https://lamareaporresquicio.blogspot.com/2022/09/lo-mas-grande.html
17 06  Lo más grande…

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